domingo, 8 de marzo de 2009

Los sudores de Plutón y otras frigideces

Un equipo de astrónomos franceses, analizando las recientes observaciones de Plutón en el infrarrojo realizadas por el Gran Telescopio (VLT) del Observatorio Europeo Austral (ESO) en Chile, ha podido determinar la temperatura de las capas inferiores de la atmósfera del planeta enano: 180 grados bajo cero, 40 grados más que los 220 bajo cero de la superficie.

Anteriores observaciones de ocultaciones estelares ya habían determinado que la temperatura de las capas altas de la atmósfera de Plutón era de unos 170 grados bajo cero, de lo que resulta que, al contrario que en la Tierra, donde la temperatura de la atmósfera disminuye con la altitud (6 grados por kilómetro), la temperatura de la atmósfera de Plutón aumenta entre 3 y 15 grados por kilómetro de altitud.

Resulta que cuando Plutón se acerca al Sol, como sucede en la actualidad (de hecho, desde hace unos años Plutón está más cerca del Sol que Neptuno, debido a la elevada excentricidad de su órbita), el calor del Sol evapora el hielo de su superficie, que se transforma en gas. Este fénomeno provoca el enfriamiento de la superficie, del mismo modo que cuando transpiramos la temperatura de nuestro cuerpo baja.

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Sin ir tan lejos, un equipo de investigadores japoneses ha analizado muestras de hielo extraídas a 50 metros de profundidad en la Antártida y ha descubierto altas concentraciones de nitrato depositadas alrededor de los años 1006, 1054 y 1060. El nitrato se produce en la atmósfera a partir de los óxidos de nitrógeno, que pueden ser generados por la radiación gamma procedente de una supernova. De hecho, los dos primeros años coinciden con dos supernovas conocidas; la primera, la del 1 de mayo de 1006, fue la más brillante de la que se tiene noticia; la segunda, la del 4 de julio de 1054, fue el origen de la Nebulosa del Cangrejo. Pero no hay noticias de ninguna supernova en 1060.

Los investigadores sugieren que se trata de una supernova que pasó desapercibida en su momento, bien por ser visible sólamente en el hemisferio sur, o bien por encontrarse oculta por una nube de polvo interestelar. Así, el estudio del hielo antártico podría servir para determinar con precisión la frecuencia con la que ocurren las explosiones de supernovas en nuestra galaxia desde hace miles de años.

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