jueves, 26 de septiembre de 2013

Bárbol en Monfragüe

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(Contribución de El neutrino a la XXV edición del Biocarnaval, organizada por Ser vivo y a la VII edición del Carnaval de Humanidades, organizada por Afán por saber.)
Aprended ahora la ciencia de las Criaturas Vivientes:
Nombrad primero los cuatro, los pueblos libres:
los más antiguos, los hijos de los Elfos;
el Enano que habita en moradas sombrías;
el Ent, nacido de la tierra, viejo como los montes;
el Hombre mortal, domador de caballos.

Hace unos meses, cuando visité el Parque Nacional de Monfragüe, me encontré con el árbol de la fotografía. Un árbol nudoso y medio desarraigado. Un muñón de raíz se levanta del suelo como un enorme pie, con su talón, sus dedos, y en el que incluso puede verse una uña puntiaguda. El árbol, que parecía a punto de echar a andar, me recordó a los ents, los pastores de árboles imaginados por Tolkien en El señor de los anillos, semejantes a árboles ellos mismos.

La figura era la de un hombre corpulento, casi de troll, de por lo menos catorce pies de altura, muy robusto, cabeza grande, encajada entre los hombros. Era difícil decir si estaba cubierto por una especie de estameña que parecía una corteza gris verdosa, o si esto era la piel. En todo caso, los brazos no tenían arrugas y la piel que los recubría era parda y lisa. Los grandes pies tenían siete dedos cada uno. De la parte inferior de la larga cara colgaba una barba gris, abundante, casi ramosa en las raíces, delgada y mohosa en las puntas.

En el mundo real los árboles no caminan. No pueden hacerlo, porque carecen de músculos y, sobre todo, de sistema nervioso. La selección natural, que siempre es tacaña, evita el derroche y sólo invierte en lo necesario para garantizar la pervivencia de la especie. Los árboles, y las plantas en general, obtienen su alimento de los gases de la atmósfera y de los minerales que, junto con el agua, extraen del suelo. No necesitan desplazarse para conseguirlos. Al contrario, su modo de vida es incompatible con el movimiento. Normalmente no somos conscientes de ello, pero alrededor de la mitad del volumen de un árbol se encuentra bajo tierra, en sus raíces. No es posible desplazarse cuando se está anclado al suelo de esa manera.

Pero no todas las plantas tienen raíces tan extensas y profundas como las de los árboles. Las plantas epifitas, aquéllas que viven sobre otras plantas sin parasitarlas, sólo usan las raíces para agarrarse a su soporte, y obtienen el agua de la humedad del ambiente. Es el caso de muchas orquídeas en tierra firme, y de ciertas algas en el mar. Pero ni siquiera entre las epifitas se conoce el caso de una planta que pueda caminar.

La movilidad de las plantas es muy limitada. Por un lado están los tropismos, como el fototropismo que hace que la parte aérea de la planta crezca hacia la luz. Pero se trata más bien de un crecimiento dirigido, y no de un verdadero movimiento. Las nastias sí son movimientos, pero no de la planta en su conjunto, sino de una parte de ella: la apertura y cierre de las flores, el movimiento de los zarcillos de las plantas trepadoras para agarrarse a troncos o paredes, el desplazamiento de los girasoles siguiendo al sol... Se trata en esencia de la variación de volumen de algunas células mediante la absorción o expulsión de agua en respuesta a ciertos estímulos. No parece suficiente para conseguir un árbol andante.

Un dragón de mar foliáceo (EyeKarma / Papa Lima Whiskey, 2009)
Si no hay plantas que caminen, quizá podría existir algún animal que, como los Ents, sin ser un árbol, lo pareciese. Al menos, en el mar hay algo semejante: El dragón de mar foliáceo (Phycodurus eques) es un caballito de mar que vive en las costas australianas del Pacífico y que se camufla como un alga gracias a largas prolongaciones en forma de hoja que rodean su cuerpo. En tierra firme tenemos lagartos o insectos que parecen hojas o ramitas, e incluso algunos cocodrilos inmóviles pueden cofundirse con troncos secos, pero ningún animal ha llegado a mimetizarse como un árbol vivo entero. Quizá sea demasiado costoso desarrollar todo un sistema de ramas y hojas por simple mimetismo, para ocultarse de los depredadores o sorprender a las presas potenciales. Es más fácil recurrir a la cripsis, el camuflaje que hace que un ser vivo se confunda con su medio, como hacen los tigres con sus rayas o los camaleones cambiando de color.

Sin embargo, queda una posibilidad. Si un animal fuera capaz de realizar la fotosíntesis, entonces un ramaje poblado de hojas verdes no le serviría sólo para camuflarse entre los árboles, sino que, como a éstos, le beneficiaría para maximizar la captación de luz y de oxígeno para obtener alimento. Y de hecho, como ya hemos comentado en este blog, existe un animal fotosintético, la babosa marina Elysia chlorotica y una salamandra que vive en simbiosis con un alga. Sí, se trata sólo de una babosa y de una salamandra, pero no hay que desesperar. Demos tiempo a la evolución. Aunque como dijimos al principio, la evolución es tacaña; si un animal consiguiera desarrollarse como un árbol para obtener su energía de la fotosíntesis, quizá perdiera la capacidad de desplazarse y se anclase al suelo para sostener su peso y para, como los árboles, extraer el agua que necesita. Al fin y al cabo, la forma de árbol es una de las más exitosas de la historia de la vida; existe desde hace casi cuatrocientos millones de años, cuando los primeros anfibios comenzaban a colonizar la tierra firme, y ha evolucionado varias veces de manera independiente en diversas clases de plantas. Hoy, con cien mil especies, los árboles constituyen la cuarta parte de todas las especies de plantas vivas del planeta.

Uno hubiera dicho que había un pozo enorme detrás de los ojos, colmado de siglos de recuerdos, y con una larga, lenta y sólida reflexión; pero en la superficie centelleaba el presente: como el sol que centellea en las hojas exteriores de un árbol enorme, o sobre las ondulaciones de un lago muy profundo. No lo sé, pero parecía algo que crecía de la tierra, o que quizá dormía y era a la vez raíz y hojas, tierra y cielo, y que hubiera despertado de pronto y te examinase con la misma lenta atención que había dedicado a sus propios asuntos interiores durante años interminables.

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