viernes, 22 de enero de 2010

Los primeros dinosaurios

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(Publicado originalmente en Madrid Sindical)

Londres. El primer trimestre del curso recién terminado, y el Lord Canciller en sesión en el Gran Salón de Lincoln’s Inn. Implacable tiempo novembrino. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra, y no sorprendería encontrar un megalosaurio, largo de unos doce metros, tambaleándose como un lagarto mastodóntico hacia la colina de Holborn...

Así comienza el capítulo primero de la novela de Dickens Casa desolada, la primera obra literaria en la que apareció el nombre de un dinosaurio, en marzo de 1852. (La traducción es mía; si toda la novela está escrita con el mismo estilo que esas primeras frases, compadezco a quien la tuvo que traducir entera.)

Desde hace milenios se vienen desenterrando fósiles de dinosaurio. En China se los consideraba huesos de dragón, y aún se usan en la medicina tradicional. En Europa se creía que eran los restos de gigantes.

Pero las primeras descripciones académicas de fósiles de dinosaurios no se realizaron hasta finales del siglo XVII. Robert Plot, catedrático de química en Oxford y conservador del Museo Ashmoleano, publicó en 1677 una descripción de un fragmento del fémur de una gran animal, pero como era demasiado grande para pertenecer a ninguna especie conocida, lo atribuyó a los gigantes que murieron en el Diluvio Universal. En 1699, su sucesor en el Museo Ashmoleano, Edward Lhuyd, describió un diente fósil que ahora sabemos que pertenecía a un dinosaurio.



En 1824, el reverendo William Buckland, catedrático de geología en Oxford, identificó algunos fósiles que había recolectado entre 1815 y 1824 como los restos de un enorme reptil carnívoro, al que llamó Megalosaurus (“gran lagarto”). Mientras tanto, el geólogo inglés Gideon Mantell había descubierto en 1822 los restos fósiles de un gran reptil herbívoro; debido a la semejanza entre sus dientes y los de las iguanas, lo bautizó en 1825 con el nombre de Iguanodon (“diente de iguana”).

El interés por el estudio de estos grandes lagartos fósiles creció rápidamente entre los científicos europeos y americanos; el paleontólogo inglés Richard Owen encontró semejanzas entre las especies descubiertas que indicaban que pertenecían a un mismo grupo taxonómico, y en 1842 acuñó para éste el término “dinosaurio”, que significa “lagarto terrible”.





Evolución de la imagen del Iguanodon
desde su descubrimiento hasta nuestros días.

En 1858 se identificó el primer dinosaurio americano, Hadrosaurus foulkii (“lagarto robusto de Foulke”), en Nueva Jersey. Este descubrimiento desencadenó una ola de dinomanía en los Estados Unidos que culminó en el último cuarto del siglo XIX con la llamada Guerra de los Huesos, un periodo de intensa búsqueda y descubrimiento de dinosaurios marcado por la exacerbada rivalidad entre los paleontólogos Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh.

Lo más curioso es que es posible que la especie con la que comenzó todo, el megalosaurio, ni siquiera sea una especie válida: En los primeros años, el nombre se utilizó como cajón de sastre y se asignó a multitud de restos fósiles que luego se han identificado como pertenecientes a especies diferentes. Según algunos investigadores, incluso los huesos utilizados por Buckland para la descripción científica del megalosaurio, encontrados en diferentes lugares, pertenecen a varias especies; técnicamente, sólo quedaría un hueso de mandíbula para realizar la descripción científica de la especie, lo que resulta a todas luces insuficiente.

El segundo dinosaurio, Iguanodon, ha corrido mejor suerte. Aunque ha cambiado mucho desde su descubrimiento: Mantell lo reconstruyó como un animal cuadrúpedo, y ahora sabemos que era bípedo, como casi todos los dinosaurios. Y la púa ósea que en un principio se tomó por un cuerno y se colocó en el extremo del hocico ha resultado ser una extensión del dedo pulgar que el dinosaurio utilizaba probablemente para defenderse o para abrir semillas y frutos.

1 comentario:

  1. Sr Neutrino:
    ¡Esta vez se ha pasado de la raya! ¿Cómo se atreve a censurar la prosa de Charles Dickens, hombre ante cuyo simple nombre, usted debería arrodillarse y dar gracias a Dios por haber tenido la suerte de compartir el planeta, aun cuando tan sólo sea con su ya mondo cadáver?

    Yo tengo otra "guerra de los huesos" para usted con la que le obsequiaré la próxima vez que nos veamos.

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