martes, 30 de octubre de 2012

Perros y humanos de Pávlov

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Pasillo rodante en el aeropuerto internacional de Bangkok (Mattes, 2007)

(Publicado originalmente en Madrid Sindical)

Parece que los pasillos rodantes de la estación de metro de Plaza de Castilla, renovados hace pocos meses, se estropean con más frecuencia que antes. O al menos, si no se estropean, se apagan regularmente, por razones que se me escapan. En todo caso, esos pasillos rodantes detenidos me han llevado a pensar, por un curioso encadenamiento de ideas, en los perros de Pávlov.

Iván Pávlov recibió el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1904 por sus investigaciones sobre el sistema digestivo y los jugos gástricos, pero la fama le viene sobre todo de los famosos perros de Pávlov, con los que formuló la ley del reflejo condicional (no “condicionado”, que es una traducción incorrecta del ruso). Pávlov había observado que cuando el alimento entra en contacto con el hocico de un perro hambriento, éste empezaba a salivar, y que ese reflejo de salivación también se activaba con el olor o la vista de la comida, e incluso ante la mera presencia de la persona que habitualmente le alimentaba. Este último comportamiento, evidentemente, no podía ser innato. Con sus experimentos, en los que logró condicionar a los perros para que salivasen en respuesta al sonido de un metrónomo (no una campana, como se suele contar), Pávlov demostró que se pueden crear nuevas conexiones entre estímulo y respuesta. Estas conexiones se llaman reflejos condicionales porque, una vez creadas por el cerebro, siguen funcionando inconscientemente, al margen de la voluntad.

No se trata de que el pobre perro se acostumbre a que el sonido va acompañado de la comida y, cada vez que lo escucha, empiece a salivar porque crea que le van a dar de comer. El sonido provoca la salivación automáticamente, y el perro no puede hacer nada para evitarlo. Y a nosotros nos puede pasar lo mismo. No me refiero a aquel pobre hombre que cuando oía la palabra cultura sacaba la pistola, sino a lo que me ha pasado a mí con esos pasillos rodantes de los que hablaba al principio.

Al entrar en un pasillo rodante, el movimiento del suelo hacia adelante desequilibra el cuerpo hacia atrás, por lo que hay que compensar acelerando ligeramente hacia delante. Y al salir, por el contrario, la inercia adquirida hace que el cuerpo salga disparado hacia delante si no se realiza un movimiento de compensación hacia atrás. Al cabo de un cierto tiempo transitando por estos pasillos rodantes, uno aprende a entrar y salir de ellos sin perder el equilibrio, y ese juego de sutiles movimientos de compensación se convierte en un reflejo condicional. De manera que, aunque el pasillo rodante esté parado, uno no puede evitar perder el equilibrio al entrar y salir, ya que el reflejo sigue actuando, intentando compensar un movimiento inexistente. Y eso, aun sabiendo que no hace falta compensar nada, y tratando de caminar normalmente. Resulta curioso, por no decir divertido, observar los movimientos torpes, los tropiezos y las expresiones de sorpresa de los viajeros al entrar y salir de esos pasillos rodantes detenidos. ¡Obedecer al reflejo condicional es inevitable!

2 comentarios:

  1. Como me estoy sacando el carnet de conducir... ¿se convierte la práctica en reflejo condicional?
    Me ha encantado el post!!! ;D

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