miércoles, 23 de abril de 2014

Los nombres de los asteroides (I)

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Símbolos de los primeros asteroides (B.A. Gould, 1852)

¿Quieres pasar a la posteridad? ¿Te gustaría que un asteroide llevara tu nombre? ¿O simplemente tienes curiosidad por saber cómo se pone nombre a esos cuerpos celestes? En cualquier caso, te interesará lo que sigue...

Los primeros asteroides, o planetas menores, como se llaman ahora oficialmente, se descubrieron en el siglo XIX, y fueron bautizados con nombres de diosas de la mitología grecorromana. Pero muy pronto la nomenclatura se fue diversificando, primero con otros personajes de esa mitología, como la sirena Parténope, la ninfa Tetis y la musa Melpómene, y más tarde con topónimos clásicos: Masalia (Marsella), Lutecia (París)...

En un principio, siguiendo la tradición de los símbolos astrológicos de los planetas, se crearon símbolos para cada uno de los asteroides. Pero al crecer el número de objetos descubiertos y la complejidad de sus símbolos, el astrónomo estadounidense Benjamin Apthorp Gould propuso simplificar el sistema numerando los asteroides por orden de su descubrimiento, de manera que el símbolo de cada asteroide fuera su número dentro de un círculo. A mediados del siglo XIX, el círculo se sustituyó por paréntesis, más fáciles de componer en una imprenta. Así, Parténope se convirtió en (11) Parténope, y Masalia en (20) Masalia.



La exclusividad del mundo grecorromano se rompió en 1856 con el asteroide (42) Isis. Isis es una diosa egipcia, pero el nombre en realidad homenajea a Elizabeth Isis Pogson, hija del astrónomo Norman Robert Pogson, descubridor del asteroide. Aunque no fue él quien propuso el nombre, sino su jefe, Manuel John Johnson, director del observatorio de Oxford. Si la denominación de Isis puede resultar ambigua, la veda para el bautismo de asteroides en honor de personas vivas se abrió definitivamente el año siguiente con (45) Eugenia, que tomó su nombre de la emperatriz Eugenia de Montijo.

Polémico fue el bautismo del asteroide (64) Angelina en 1861; no se refiere a ninguna mujer ni personaje mitológico, sino que era el nombre de una estación astronómica del Observatorio de Marsella.

Otras mitologías hicieron su entrada en la nomenclatura de los asteroides con (76) Freya y (77) Friga, diosas nórdicas, en 1862.

En 1867 se descubrió (92) Ondina, que lleva el nombre del personaje protagonista de una novela de Friedrich de la Motte Fouqué, muy popular en la época. Fue el primer personaje literario que recibió tal honor.

En 1868, (102) Miriam fue el primer asteroide con nombre bíblico. Según cuenta el astrónomo Edward S. Holden, el descubridor, Christian Heinrich Friedrich Peters, eligió ese nombre para fastidiar a un profesor de teología conocido suyo al equiparar los personajes de la Biblia con figuras mitológicas.

La órbita de Eros, con las órbitas de Marte y La Tierra (Harlock81, 2009)
A finales del siglo XIX, los nombres femeninos seguían siendo la norma, hasta el punto de que el asteroide que homenajea al explorador Alexander von Humboldt lleva el nombre de (54) Alexandra, y el bautizado en honor de Cristóbal Colón se llama (327) Columbia. El primer asteroide con nombre masculino fue (342) Endimión, descubierto por Max Wolf en 1892. Pero los nombres de los asteroides siguieron siendo mayoritariamente femeninos hasta 1898, con el descubrimiento de (433) Eros, el primer asteroide que cruzaba la órbita de Marte. (433) Eros fue descubierto independientemente, la misma noche del 13 de agosto de 1898, por Carl Gustav Witt, que fue quien le puso el nombre, y por Auguste Honoré Charlois. A partir de entonces se reservaron los nombres femeninos para los asteroides del cinturón principal, entre Marte y Júpiter, y se asignaron nombres masculinos a los asteroides con órbitas insólitas.

En 1919 se creó la Unión Astronómica Internacional (UAI) para, entre otros objetivos, elaborar las reglas para la nomenclatura de los diferentes cuerpos celestes. Desde 1931, la nomenclatura oficial de la UAI para los asteroides está formada por el número, sin paréntesis, seguido por el nombre internacional, aunque en algunos países, como en Francia y en España, se prefiere adaptar el nombre a la lengua vernácula. (Y yo también lo prefiero, por lo menos para los nombres grecolatinos.)

Al multiplicarse el número de descubrimientos, la numeración correlativa se reservó para los asteroides cuya órbita ha sido calculada con precisión. Entre tanto, desde 1925 se asigna a cada objeto una designación provisional de la forma “2001 TP17”. 2001 es el año del descubrimiento, y la primera letra (desde la A hasta la Y, excluyendo la I) corresponde a la quincena en la que se realizó el descubrimiento (la A corresponde al periodo entre el 1 y el 15 de enero, la B, entre el 16 y el 31 de enero, y así sucesivamente hasta la Y, del 16 al 31 de diciembre). La segunda letra (desde la A hasta la Z, excluyendo también la I) indica el orden de descubrimiento dentro de la quincena. Si en una quincena se descubren más de 25 asteroides, se añade un subíndice, de manera que se pueden reciclar la segunda letra. Así, 2001 TP17 es el asteroide número 440 (25x17+15) descubierto en la primera quincena de octubre de 2001. A veces, por comodidad, el subíndice se sube al nivel del resto del código: 2001 TP17.

Una vez que la órbita se ha calculado con precisión, generalmente con cuatro observaciones en oposición (cuando el objeto es bien visible, alto en el firmamento a medianoche), se asigna un número al asteroide. En nuestro ejemplo, cuando se confirmó su órbita, el asteroide 2001 TP17 pasó a llamarse 34854 2001 TP17. En algunos casos, como los asteroides próximos a la Tierra, puede bastar con dos o tres oposiciones; y si la órbita del asteroide se encuentra completamente en el interior de la de la Tierra, como nunca estará en oposición, tampoco se aplica la regla. Pero hay pocos de éstos últimos (o son muy difíciles de descubrir); el primero confirmado es 163693 Atira, descubierto en 2003.

Algunos asteroides que habían sido numerados antes de la entrada en vigor de esta regla se perdieron, puesto que su órbita no se había calculado con precisión. Pero ya se han recuperado todos. El último, 719 Albert, descubierto en 1911, no fue localizado de nuevo hasta 2000.

Ya con el número asignado, el descubridor tiene diez años para proponer un nombre para su asteroide. El nombre se convierte en oficial cuando aparece publicado, con una explicación de su significado, en las Minor Planet Circulars, revista del Centro de Planetas Menores del Observatorio Astrofísico Smithsoniano que se publica cada luna llena. El asteroide 34854 de nuestro ejemplo, descubierto por el español Rafael Ferrando, recibió el nombre de la esposa del astrónomo, Paquifrutos. Al contrario de lo que ocurre con los cometas, que suelen llevar el nombre de su descubridor, no está bien visto que un astrónomo ponga su propio nombre a un asteroide. El asteroide 161545 lleva el nombre de Ferrando, pero no fue él quien lo descubrió, sino Juan Lacruz. Quien sí puso su propio nombre a un asteroide fue el astrónomo argentino Miguel Itzigsohn (1596 Itzigsohn); era además un ferviente admirador de Eva Perón, a quien dedicó nada menos que cinco asteroides: 1569 Evita, 1581 Abanderada, 1582 Mártir, 1588 Descamisada y 1589 Fanática.

De algunos asteroides bautizados en los primeros tiempos, antes de la aplicación de esta norma, nunca se publicó una explicación de su nombre, y sus descubridores se llevaron el secreto a la tumba. Es el caso de 177 Irma, 186 Celuta, 223 Rosa...




¡Feliz día del libro!

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