lunes, 10 de junio de 2013

Mr. Bloom y los peces salados

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(Publicado originalmente en Madrid Sindical)

Si cebas un pavo digamos con harina de castañas sabe a eso. Comes cerdo a cerdo. ¿Pero entonces por qué los peces de agua salada no están salados? ¿Por qué es eso?
James Joyce. Ulises

El mercado de pescado (Joachim Beuckelaer, 1568)
Nadie, ni siquiera el narrador omnisciente, responde a la pregunta de Mr. Bloom. Está claro que James Joyce no era divulgador. Claro que no se trata de un problema sencillo, ni siquiera para los peces. Los seres vivos necesitan el agua para vivir, y la única agua de la que disponen los peces marinos es el agua salada. De manera natural, la sal debería acumularse en sus tejidos. Pero no es así.



En la concentración en la que está presente en el agua de mar, la sal es tóxica. Por eso no es aconsejable beber agua de mar, por mucha sed que se tenga. Para mantener la salinidad en el interior de sus células por debajo de unos ciertos límites, los seres vivos han desarrollado mecanismos de filtración y excreción. Los seres humanos, como muchos otros animales, expulsamos el exceso de sal en la orina. Los peces lo hacen por las agallas. Algunos animales tienen además una glándula especializada: tiburones y rayas (en el recto), tortugas marinas (la glándula lacrimal), iguanas marinas (en la cavidad nasal), aves marinas (sobre el pico)...

Cuando los animales se encuentran rodeados, como los peces marinos, por agua salada, tienen que luchar además contra la ósmosis. La ósmosis es el fenómeno físico por el cual, si a cada lado de una membrana porosa (como la membrana celular) sumergida en un líquido la concentración de soluto es diferente, el líquido tiende a fluir a través de la membrana para igualar las concentraciones. Ese flujo de líquido está impulsado por la llamada presión osmótica.

Una célula sumergida en agua salada pierde agua y se seca y, al contrario, una célula en agua destilada absorbe agua y se hincha. Por eso se utiliza la sal para desecar y conservar pescados como el bacalao, y por eso las ensaladas se estropean más deprisa una vez que han sido saladas: la sal extrae el agua de las células de la lechuga y las seca.

Sin embargo, los peces y otros animales marinos se aprovechan de una propiedad de la presión osmótica: Su intensidad no depende de la naturaleza del compuesto químico disuelto en el agua, sino sólo de su concentración; si se consigue una concentración equivalente de otro compuesto diferente en el interior de la célula, se alcanza el equilibrio y se puede mantener la sal a raya. Es lo que se llama osmorregulación. Los seres vivos se valen de compuestos orgánicos como azúcares y aminoácidos para equilibrar la presión osmótica en el interior de sus células sin sufrir los efectos tóxicos de la sal. Por eso los peces pueden vivir en el agua salada sin ser salados ellos mismos. Aunque la regulación no es perfecta, y los peces marinos tienen que beber agua para reponer la que pierden sus células. Al contrario que los peces de río, cuyo problema es el opuesto: La presión osmótica en sus células es menor que la del agua exterior, y sus tejidos tienden a absorber agua; así que el famoso villancico se equivoca al afirmar que los peces en el río “beben y beben y vuelven a beber”; los peces de río nunca beben agua.

Pero esta explicación plantea otra pregunta. Si la vida, como proponen la mayor parte de las teorías actualmente aceptadas, surgió en los océanos, o al menos se desarrolló en ellos en una primera etapa, ¿cómo pudieron sobrevivir las primeras células? O bien habrían estado llenas de sal tóxica, o bien la ósmosis habría acabado con ellas antes de que fueran capaces de desarrollar los complejos procesos de osmorregulación de los que hemos hablado antes. Parece un problema insoluble, pero lo es sólo en apariencia: Hace miles de millones de años, el agua de los océanos primigenios no era tan salada como en la actualidad. La sal de los océanos procede de las rocas que, durante millones de años, los ríos han ido erosionando. En aquellos primeros tiempos, el agua de los océanos era dulce, o casi. De hecho, podemos suponer que la salinidad interna de las células de los seres vivos es un reflejo de la salinidad del medio en el que surgieron y evolucionaron.

No es sólo que la vida surgiera en nuestro planeta en cuanto se dieron las condiciones adecuadas para ello; es que además esas condiciones no duraron mucho. En los salados océanos de hoy, la vida tal como la conocemos no podría surgir.

1 comentario:

  1. Excelente artículo. Sobre todo si tenemos en cuenta lo novedoso de su punto de vista y análisis y la nueva perspectiva que plantea la visión de la vida primaria.

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