lunes, 1 de abril de 2013

El último cetotérido

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(Publicado originalmente en Madrid Sindical)

(Este post participa en el Carnaval de Biología edición especial micro-BioCarnaval, que hospeda @Raven_neo en su blog Micro Gaia)

A falta de revivir los seres vivos extintos, cosa de la que aún no somos capaces, aunque algunos científicos están en ello, los paleontólogos R. Ewan Fordyce y Felix G. Marx, de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, ha conseguido algo que se le parece mucho. Gracias a sus recientes investigaciones sabemos que los cetotéridos, un grupo de cetáceos que se consideraba desaparecido desde el periodo Plioceno Superior, hace casi tres millones de años, no están tan extinguidos como se creía.

Ballena franca pigmea (Lycaon.cl)
No se trata tampoco del descubrimiento de una nueva especie. Fordyce y Marx han realizado el estudio anatómico más completo hasta la fecha de una ballena que, a pesar de ser una vieja conocida, es uno de los cetáceos más esquivos y menos estudiados: la ballena franca pigmea.

A la ballena franca pigmea (Caperea marginata) la conocemos desde hace casi dos siglos, desde que los naturalistas de la famosa expedición antártica del Erebus y el Terror descubrieron huesos y barbas de ballena que parecían una versión reducida de los de las ballenas francas. Esa expedición británica, comandada por James Clark Ross, exploró el Antártico entre 1839 y 1843 a bordo de los navíos Erebus y Terror. La nueva especie de ballena fue descrita en 1846 por el zoólogo británico John Edward Gray, conservador de zoología del Museo Británico, y en 1923 el zoólogo estadounidense Gerrit Smith Miller, a la vista de sus peculiaridades, creó para ella la familia de los neobalénidos.

La ballena franca pigmea es, de lejos, la menor de las ballenas con barbas. Sólo alcanza entre seis y seis metros y medio de longitud y entre 3000 y 3500 kilos de peso. Es de color grisáceo, más oscuro en el dorso, con un par de manchas más claras tras los ojos. Se diferencia de las ballenas francas verdaderas en que posee una aleta dorsal y carece de pliegues gulares y callosidades en la piel; además, su mandíbula no es tan curvada. Pero su característica más distintiva son las barbas, largas y estrechas, de color crema, con una línea blanca en las encías. La ballena franca pigmea habita en los océanos del hemisferio sur, entre los 30 y los 55 grados, y se alimenta de krill y otros pequeños crustáceos.

Es muy poco lo que se sabe de la vida de la ballena franca pigmea. No conocemos ni sus periodos de gestación y lactancia, ni su longevidad, ni su comportamiento social. Los avistamientos de esta especie en el mar son muy raros, y casi todo lo que sabemos de ella lo debemos a los individuos, vivos o muertos, que de cuando en cuando aparecen varados en las playas. Es precisamente el estudio de la anatomía de esos ejemplares, y su comparación con una veintena de especies vivientes y extintas de ballenas con barbas, lo que ha llevado a Fordyce y Marx a proponer que la ballena franca pigmea es el último superviviente de la familia de los cetotéridos, un grupo de cetáceos con barbas primitivos que apareció en el Oligoceno Superior, hace unos 25 millones de años, y prosperó durante el Mioceno. Se ha abierto una ventana al pasado de los cetáceos. Una nueva razón para estudiar y proteger a este cetáceo tan desconocido.

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